Historia

Conservando el oficio de restaruador

Habiendo ya pasado veinte años del siglo XX y cuando todavía seguían llegando desde Europa elementos decorativos para la construcción, tres jóvenes emprendedores hijos de inmigrantes españoles e italianos y con deseos de formar un taller de grandes dimensiones se unieron con la idea de un gran taller. Fue así que un escultor, un yesero y un frentista fundaron el taller «Giammarchi y Cia»,  la yesería que hasta comienzos de esta década (2010) funcionó como taller de escultura y restauración.

La idea original era que pudiera atender la demanda de la época y fabricar así, en Montevideo, todo lo que se importaba desde el viejo continente. Han transcurrido casi cien años de su creación y muchas cosas han cambiado. La idea del texto que sigue es dar cuenta del auge y la decadencia del taller.

En estos casi 100 años, el taller, ha pasado por dos importantes mudanzas: la primera fue en 1950 desde su local original en la calle Magallanes entre las calles 18 de Julio y Colonia (hoy confitería Carrera) hasta la calle José Enrique Rodó entre Gaboto y Magallanes. Esos locales no eran propiedad de los dueños del taller.

A mediados de la década de 1980, el taller fue adquirido por su actual dueño y ex obrero, Luis Alonzo Musculiato.A fines de esa década Alonzo logra consolidar un local propio y es entonces cuando se produce la segunda mudanza. El nuevo y actual local se encuentra  en la calle Martín C. Martínez entre Colonia y Eduardo Víctor Haedo.

A pesar que todas las obras que se encuentran en el taller son de yeso y muy frágiles, por su antigüedad, han sobrevivido a este ir y venir del tiempo, estando en la actualidad a muy buen resguardo en el taller. Por lo tanto, en un lugar céntrico y que para nada insinúa su contenido, se guardan celosamente decenas de manifestaciones artísticas de todas las culturas y épocas, en la que el hombre ha expresado sus creencias, sus temores, sus cultos y su amor por la vida.

Este edificio donde funciona el taller en la actualidad, data de fines del siglo XIX (1885) y está dotado de múltiples habitaciones, altillos y estrechos pasajes. Además en su interior se ubica un gran fondo techado con altísimas paredes cubiertas de esculturas, figuras religiosas, paganas, emblemas patrios, capiteles, gárgolas y otra infinidad más de elementos que crean una atmósfera casi fantasmal.